miércoles, 23 de septiembre de 2015

LA FUERZA


Este es el segundo relato que escribo en mi vida, y el más largo. El anterior también está en el blog. También es el único que he publicado, en la antología solidaria Del loco al mundo, cuentos del Tarot, del grupo literario El cuaderno rojo, del cual formo parte. En la antología, cada cuento representa una carta del Tarot, y a mí me tocó en suerte la número 11, en el centro de la antología:


 XI LA FUERZA


Unos cuantos pelos blancos pendían aún de las espinas de una aliaga. Fáustulo los tomó entre sus dedos y comprobó que eran de la presa robada. Habrían pasado desapercibidos si no fuera porque una diminuta mancha, marrón sobre piedra gris, apuntaba hacia el matorral. El rastro estaba siendo difícil de seguir pero, de momento, ahí estaba, no como en las batidas anteriores, en las que lo había perdido mucho antes. Esta vez no escaparía. Lo había jurado ante los dioses.
Hacía ya más de un mes del primer ataque y, desde entonces, se había repetido cinco veces. Siempre del mismo modo: una pieza muerta, el cuello devorado en parte y la sangre consumida en el corral. Siempre con un cabritillo menos al comprobar las cabezas restantes y huellas de lobo alrededor de la valla. Fáustulo había pensado que se trataba de una manada, pero su padre, más sabio, tuvo las cosas mucho más claras desde el primer momento.
—No hay más que uno —dijo, con la mirada perdida en los destrozos—. Le falta un dedo de la pata trasera izquierda. Esa huella es menos profunda que las otras. Un puto lobo cojo. Por eso busca ganado y no caza bravía. Lo jodido es cómo ha entrado. Mira ahí, se ha arrastrado bajo ese madero, el muy cabrón.
—Entonces no debe andar muy lejos. Seguro que tiene su cubil cerca.
—No te engañes, hijo. Un lobo, aunque cojo, sobre todo si la cojera es de antiguo, puede andar muchas leguas. Igual no corre con la misma velocidad, pero si ha vivido mucho con la tara, se vuelve más astuto y más paciente. Tendrás que hacer una batida y cazarlo. No quiero que nos robe más cabritos. Este no saca fuerza de sus músculos ni de su velocidad, sino de su inteligencia y astucia. Eso lo vuelve aún más peligroso.

Tuvo que pasar una noche en la arboleda sagrada del Aventino, tras varias semanas de sentirse burlado por el lobo cojo. Su mujer, Aca Larentia, le propuso hacer un sacrificio al dios Fauno, y pedir consejo al oráculo le pareció adecuado. Tenía cerca el santuario, en el mismo monte en el que vivía apacentando sus rebaños. Al fin y al cabo, una cabra menos en el rebaño, ofrecida al dios, podía suponerle dejar de perder el resto.
Eligió la más hermosa; una cabrilla roja de planta erguida, de las nacidas el verano anterior, que todavía no había sido cubierta pero pesaba ya más de sesenta libras. Con el animal atado a la espalda inició la ascensión a la cima, donde estaba la arboleda sagrada. Allí, el sacerdote la sacrificó en el altar de piedra, justo cuando el último rayo de sol se ocultaba bajo el horizonte, mientras Fáustulo observaba con reverencia, el ánimo encogido y un profundo terror subyaciendo en su alma. Fauno era un dios caprichoso. Tan pronto podía ayudarle a cuidar del rebaño como volverle loco y hacerle oír voces sin sentido durante el resto de su vida. Pero ya había iniciado el proceso. Por mucho miedo que tuviera, interrumpirlo habría sido peor. El dios no perdonaba ofensas. Tras detenerse unos instantes a tomar aliento, el pastor se arrodilló y oró. Imploró a Somnus que acudiera presto y acabara con su miedo. Los dioses fueron clementes con él. Algo debían querer de un ser tan débil como un simple pastor del Aventino. En la necesidad de ellos estaba su fuerza, la fuerza del ser más débil.

Con esos recuerdos en mente, Fáustulo levantó la vista y oteó a su alrededor. La lluvia caída la tarde anterior le estaba facilitando la tarea. Aunque intentaba repetir el mismo truco de siempre para esquivarle, esta vez el animal estaba fallando. Allí, a unos cuantos pasos, sobre una zona de tierra húmeda, medio embarrada, la huella de su pata coja. Iba en el buen camino.
Ya se iba el mediodía. Había salido muy tarde, pensaba que no podría volver antes de que anocheciera, que le tocaría dormir al raso. Demasiado tiempo perdido limpiando la cabra y enterrando los restos, vísceras, cabeza y trozos mordidos, en un rincón del corral donde formarían en breve parte del estiércol que se amontonaba para abonar la huerta. Por culpa de ese maldito lobo, su rebaño había mermado, pero su despensa se estaba llenando de cecina a marchas forzadas. Esa misma mañana, mientras su padre sacaba el hato para llevarlo a pastar, el joven había colgado la última víctima del lobo de una de las vigas que cubrían parte del aprisco donde había encerrado el ganado esa noche y, con mano diestra, la había destripado. Las cabras estarían esparcidas por la ladera, cerca del riachuelo que nacía en unas peñas cercanas. Su padre debía estar preparando unas gachas con parte de la cabra. Esperaba que guardara el hígado para Aca Larentia. Las viejas de la zona decían que esa parte de la cabra, junto con las ubres colmadas de leche, propiciaba la fertilidad. Era una buena esposa, perfecta. La amaba desde que eran niños. Si al menos se preñara…
Se acuclilló sobre la huella todavía húmeda. La primavera aún era joven y el sol no calentaba lo suficiente como para secar el terreno. No después de la lluvia torrencial del día anterior. El rastro iba directo hacia el río, pero no podía confiarse. Otras veces había cometido ese error y perdido las huellas al norte del Aventino, antes de llegar al Capitolino, donde comenzaba el pantano del Cermalus. Era imposible saber si el lobo nadaba corriente arriba o abajo, o por cuánto tiempo, para cruzar al otro lado. Alzó la vista y allí delante, sobre la orilla, junto a unos juncos chafados, una mancha de sangre le permitió adivinar dónde había parado el animal a beber y dónde había dejado su presa. Podía ver con claridad las huellas. No era una bestia muy grande y en la zona arenosa de la orilla era evidente su cojera, lastrada por el peso del cabritillo.
Elevó una plegaria a Fauno y le ofreció otra buena ofrenda, lechal esta vez, si le permitía acabar con la fiera que estaba estragando los rebaños de la contornada. Debía tratarse de un animal protegido por los dioses para estar haciendo tanto daño, lisiado como estaba. A saber qué negocios se llevaba Marte entre manos.
Caminó siguiendo las desiguales pisadas del animal cerca de una milla, por la orilla, hasta donde el pantano invadía la margen del río en la que él se hallaba. Allí volvió a desaparecer el rastro, como otras veces, cuando el lobo entró en el agua. Su padre tenía razón. La fuerza de este animal no estaba en sus poderosos músculos, ni en su feroz mandíbula, sino en su tenacidad, su astucia y su inteligencia. Había sabido sacar provecho de su debilidad y convertirla en capacidades.





La noche del oráculo había dormido sobre la piel caliente, sangrienta, de la cabra sacrificada. Le parecía imposible que con el terror que le dominaba hubiese cerrado tan pronto los ojos. Sin duda Somnus se mostró benévolo con él. Muchas ofrendas tendría que hacer a los dioses si terminaba con bien todo este asunto. La voz del dios Fauno, oída durante su sueño, volvió a su mente:
«Anda mil pasos sobre la orilla, y otros mil, sin ver el rastro sagrado, hasta encontrar otra vez una mata de juncos chafada y manchada de sangre. Seguirás el rastro hasta el Palatino. Allí, en su ladera, entre las ramas de una higuera, bajo el nido de un carpintero, está la guarida. Marte tiene camada. Roba los hijos de Marte, hazlos tuyos. Sin cachorros el lobo no necesita ganado».
Se vio a sí mismo, entre las brumas del sueño, metiendo en un zurrón dos cachorros de lobo. Por eso había cogido el más grande que tenía. La suya era una apuesta peligrosa. Y el miedo, conforme se acercaba a la guarida del animal, más se agarraba a sus entrañas. Sabía que era una locura haber salido a perseguir a la fiera con su cayado como única arma, pero era la condición impuesta por el dios. No tocar a Marte. A su representación, claro, los lobos adultos: el macho cazador y la hembra que amamanta. Tomar solo a los cachorros y volver a casa con ellos. Los hijos del dios. Igual era una buena idea y se convertían en buenos perros pastores. Eso le había dicho Fauno: «Ellos apacentarán tu rebaño y sus frutos no tendrán fin, pues crecerá su ganado hasta el fin de los tiempos y su raza será eterna». No había entendido muy bien esa parte; las palabras de los oráculos siempre le parecían espesas y oscuras.

Mientras su mente andaba a paso vivo, los pies habían recorrido por su cuenta la distancia indicada por Fauno. El corazón le dio un vuelco. Allí, junto a una mata aplastada de juncos, se veían las huellas del lobo cojo y la mancha dejada por la pieza cobrada.
Notaba la sangre martilleando en las venas. Una cosa era oír las palabras del dios en un sueño, en el que todo parecía fácil, y otra, muy distinta, enfrentarse a dos lobos hambrientos que defendían su camada.
De nuevo un mechón de pelo del cabrito, prendido esta vez en un espino albar, le indicó el camino. Ya había dejado el pantano y el río a sus espaldas, y ante él se elevaba la colina Palatina. Pronto anochecería, los días aún eran cortos. Comenzó a ascender por la ladera buscando alguna higuera silvestre, sin dejar de otear posibles rastros que le condujeran al cubil. Los dioses se estaban mostrando muy benevolentes y eso le hacía sospechar. Ya tendrían tiempo de cobrarse sus dádivas con creces. Una vez que uno entraba en tratos con ellos era muy difícil salir. Una nueva mancha de sangre le mostró la senda a seguir. Siguió ascendiendo por las rocas, entre olivos silvestres, cipreses y algarrobos, pero no se veían higueras.
El sol se hundía en el horizonte. A su luz divisó unas hojas, recién brotadas esa primavera, grandes, de un verde brillante. Fáustulo se aproximó con precaución. Ahí estaba la higuera prometida. No sabía si los lobos se encontrarían a su cobijo, en su guarida, pero no quería enfrentarse a ellos cara a cara y sin armas. Temblaba de miedo. Se ocultó tras unas peñas cercanas, intentando atisbar la madriguera protegida por el arbusto. No esperó mucho rato. Una forma negra surgió de su interior. Estaba tan cerca que pudo verla bien. Se trataba de un lobo adulto. Mejor dicho, de una loba, a juzgar por las ubres hinchadas. La vio alejarse del cubil y entonces comprendió: no se trataba de una pareja de lobos, sino de una única hembra solitaria. Negra y coja, habría sido rechazada por cualquier manada como miembro débil. Sin embargo, había podido sobrevivir a base de conejos, ratas de marjal y otros animales pequeños, mientras que las manadas, necesitadas de caza mayor, habían casi desaparecido de la zona ahuyentadas por los hombres. Su debilidad la había hecho fuerte y había subsistido donde los demás lobos no.
Se tranquilizó de golpe, sus latidos se normalizaron y dejó de asir con fuerza el cayado. Por eso le había dicho el dios que no necesitaría armas, no había peligro. No dañaría al animal de Marte, solo le robaría los cachorros. Esperó a que la loba se alejara y se aproximó con cautela, despacio. Con relativa calma, apartó los chupones de la higuera; formaban una cerca de blancos barrotes en torno a dos rocas apoyadas en la ladera del monte. «Vaya ojo has tenido al proteger tu camada, puta —pensó—. Luperca sería un nombre apropiado para ti». Dejó el bastón allí mismo. Necesitaba arrastrase a cuatro patas para poder meterse entre las ramas y solo sería un estorbo. Sonrió satisfecho, pues contaba con estar en casa antes de que fuera noche cerrada. La muy astuta le había obligado a dar un rodeo durante todo el día, pero en realidad, apenas estaba a una hora a pie de su casa. Menos todavía del monte Aventino.
Ahogó un juramento cuando apoyó una rodilla en una aliaga que no había visto en la penumbra. Las duras espinas costarían de sacar. Alargó la mano hacia unas formas que rebullían inquietas en el fondo del cubil. Lanzó una exclamación, pero no de dolor, sino de sorpresa. Retiró la mano, como si se hubiera quemado. Bajo sus dedos no halló el pellejo aterciopelado de un lobato, sino una piel caliente y lisa, suave, demasiado suave. No había pescuezo que agarrar, solo algo blando y delicado. Un temblor le recorrió el cuerpo. Su respiración se aceleró. Gateó todo lo que pudo y allí, a la débil luz del ocaso, bajo un abrigo rocoso, vio tres cuerpos que gemían inquietos. Uno sí, uno era un lobezno, negro como su madre, condenado a vivir aislado de la manada. Los otros eran dos niños, dos varones que apenas contaban un mes de vida, por el estado de la cicatriz del ombligo, pero sanos, fuertes y espabilados como si tuvieran el triple de edad. Se sentó junto a ellos, con la espalda apoyada en la roca, y dejó escapar el aire de sus pulmones. No era consciente de que lo había estado reteniendo. Los hijos de Marte. Sus hijos. Los pastores de su rebaño. Miró a los cachorros arrebujados entre la pelusa, dándose calor y gimiendo quedamente. Llamaban a su madre.
Temblando, sin atreverse a pensar en lo que hacía, metió a los niños en su zurrón, con prisa. Seguro que acababan de mamar, estaban tranquilos y saciados. Dejó al cachorro negro, su madre no necesitaría matar cabritos para alimentarlo solo a él. Y si le dejaba una cría, no se separaría de ella ni lo perseguiría. Igual hasta se alejaba de la zona.
Caminó con paso vivo, casi corriendo, asegurándose cada poco trecho de que los críos estaban bien. Llevaba el morral sujeto con ambos brazos. Lo apretaba contra su pecho, meciéndolo a cada paso que daba. No quería pensar, ni saber de dónde había sacado la loba a los dos chiquillos. Que mediaban dioses, eso seguro. No podía evitar que su corazón latiese como pocas veces lo había hecho en su vida.
Poco más de media hora tardó en ver la luz tenue del hogar que se escapaba por la puerta abierta de la casa. Olió a sopa de col, con huesos de cabra y legumbres, el olor de su hogar. Cuando entró, los ojos claros de Aca Larentia se clavaron en los suyos. Estaba sentada junto a la lumbre, removiendo el puchero de barro en el que preparaba la cena.
—¿Traes los cachorros? ¿Qué te ha pasado? Estás blanco como una nube.
—Traigo a los hijos de Marte —le contestó, sofocado.
Con cuidado se arrodilló a su lado, dejó el zurrón junto a los pies de su esposa, metió sus manos grandes, bastas y sucias y sacó a uno de los niños. Un lloriqueo tenue se escuchó en la cabaña.
Con manos trémulas, la mujer tomó al niño y, despacio, lo cobijó contra su pecho para acunarlo. Levantó los ojos llenos de lágrimas hacia su esposo, que la miraba igual de emocionado. El crío se debatió, inquieto, con más rabia que miedo. Fáustulo sacó al otro niño del zurrón y lo acunó a su vez.
—Una loba los amamantaba, Aca, bajo una higuera —atinó a decir, casi con un sollozo.
—Bueno es, pues, que otra loba los críe —contestó ella, con un deje de tristeza y vergüenza.
—Tú ya no necesitas que otros pastores te den ovejas a cambio de tus favores, Aca Larentia —le contestó Fáustulo—. Aquí tienes tu hogar y, ahora, a tus hijos, los hijos de Marte.
Acarició el rostro de la mujer con infinita dulzura y el cachorro que sostenía ella se rebulló inquieto, apretando los puños y los ojos con enfado.
—Estás lleno de ira y de fuerza, cachorro —dijo la joven, con una sonrisa, mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas—, y ese será tu nombre: Rómulo, el que está lleno de fuerza.
Fáustulo sostenía al otro en el hueco de su brazo. Llevó la mano de la cara de su esposa al vientre del niño, para enjugar la lágrima que había vertido sobre él. Este le asió el meñique, tirando con ganas.
—Otro lobato fuerte —su voz salió despacio, trémula—. Me parece que tú lo eres más que tu hermano.
—Así serás llamado, Remo, el más fuerte —replicó Aca Larentia, mientras tendía una mano para acariciar la mejilla de su otro hijo.




domingo, 30 de noviembre de 2014

YO SOY ESPARTACO, KIRK DOUGLAS





DATOS DEL LIBRO


  • Nº de páginas: 224 págs.
  • Encuadernación: Tapa blanda
  • Editorial: CAPITAN SWING
  • ISBN: 9788494221392
Reseña publicada inicialmente en Fantasymundo



Quedan pocos hombres que merezcan el apelativo de «leyenda viva del séptimo arte» con pleno derecho, pero, a sus noventa y siete años de edad, Issur Danilovich Demsky, más conocido por el común de los mortales como Kirk Douglas, es, sin duda, uno de ellos. A finales de los años cincuenta, Douglas había entrado en una fase de su carrera que le permitía salirse del sistema impuesto por los grandes estudios. Traducido a lenguaje coloquial, eso significa que ahora podía producir sus propias películas. Diez años antes, el 28 de Octubre de 1947, el congresista J. Parnell Thomas presidía la sesión del Comité de Actividades Anti-Estadounidenses, a la que habían sido convocados nueve guionistas y un director de cine para prestar declaración sobre sus posibles filiaciones comunistas. Aquello dio comienzo a un proceso que se conocería desde entonces como la «Caza de Brujas» de Hollywood, por la cual muchos profesionales de la industria perdieron posición, respeto, trabajo y, en algunos casos, hasta la vida.


Mientras Douglas empezaba a hacerse un nombre en la Meca del Cine con películas como El ídolo de barro, Río de sangre, 20.000 leguas de viaje submarino o Los vikingos, Dalton Trumbo, el primero de «Los Diez de Hollywood» que fue llamado a declarar aquel fatídico 28 de Octubre, cumplía condena de prisión por acogerse a la quinta enmienda y negarse a denunciar a otros compañeros de profesión. Los derechos garantizados por la Constitución de su país no se aplicaban igual para todos los ciudadanos, y Trumbo, que hasta entonces había sido uno de los guionistas mejor pagados del gremio (con cifras de hasta75.000 dólares por libreto), fue relegado al ostracismo profesional y se vio obligado a trabajar por una mínima parte de su sueldo al salir de la cárcel, bajo pseudónimo. Todo esto podría no haber tenido la menor importancia para la vida del primero, de no haber sido por una cuestión meramente fortuita: en 1958, el segundo sería oficialmente fichado para escribir el guión de la nueva película producida y protagonizada por Douglas, con el nombre de Sam Jackson. Así fue como empezó a gestarse el rodaje de Espartaco, que pasaría a la historia como la película que acabó con las listas negras en Hollywood.

Han pasado más de cincuenta años de aquello, pero gracias a la mente todavía vivaz del viejo Douglas y al trabajo de investigación en archivos fotográficos, los aficionados al cine pueden disfrutar ahora de un relato fascinante, preciso y mordaz de todo cuanto rodeó a aquella película, desde los tiempos de la «Caza de Brujas» hasta el estreno de filme ya terminado, incluyendo toda la odisea intermedia, que duró más de tres años hasta ver por fin el título en las marquesinas. Las triquiñuelas que hubo que llevar a cabo para fichar a actores de la talla de Laurence Olivier, Peter Ustinov o Charles Laughton; cambios de director y protagonistas femeninas; feroces luchas y negociaciones con Stanley Kubrick y anécdotas curiosas, como la participación activa de Ronald Reagan (que llegaría a ser presidente de los USA allá por los años ochenta) en la denuncia de comunistas, o la paralización del rodaje de algunas secuencias de batalla en España por parte del General Francisco Franco en persona, que acabarían llegando a buen puerto, en cuanto el equipo de producción hizo un cuantioso donativo en efectivo a la asociación benéfica de la esposa del Generalísimo. También abundan las historias propias del funcionamiento interno de la Fábrica de Sueños. Todas ellas harían buena pareja con cualquiera de los pasajes narrados en otra película de Douglas que casi nadie recuerda ya. Se titula Cautivos del mal, y sigue ilustrando el nido de víboras que puede llegar a ser el negocio del cine tan bien como el primer día.

Volviendo al objeto de la reseña, las casi doscientas páginas de este retrato de época se leen a ritmo vivo, y hasta me atrevería a decir que trepidante, gracias a la gracia y el aplomo del autor, que, con ayuda de manos externas (ya no debe estar el cuerpo para muchos alardes) sabe transmitir los acontecimientos con una claridad y lucidez (palabras que parecen significar lo mismo, pero sólo lo parecen) dignas de envidiar. Lectura más que recomendable, tanto para los más cinéfilos como para los que gusten de todo tipo de textos de calidad, que nos llega con dos años de retraso, pese a gozar de un ritmo equiparable al de las mejores novelas, y solo se ve lastrada por un buen número de erratas en su edición española que puede sacar a los más maniáticos de la lectura, cuando se topen con cosas como «informar de los hechos de los hechos», «No hubiera creído que era posible» o «alguien tiene que darle una patada en las pelotas para que se tranquilicen». Darle una patada a ellos, sí. Cada cual tiene sus extravagancias.
Pese a todo, debería ser lectura obligada para toda clase de mentes curiosas, como tratado de lucha contra la hipocresía moral, personal y hasta laboral, que es lo que representa esta historia. Más allá del poder del cine, lo que late en el fondo de estas páginas es una lucha por la decencia personal del ser humano. Ya lo dijo Orson Welles: «Lo malo de la izquierda americana es que traicionó para salvar sus piscinas». Y eso, lo de vender al prójimo para poner a resguardo, no ya el culo propio, si no las posesiones y la posición social que uno cree haber merecido, sigue estando hoy día tan feo como lo estaba entonces.


Códex Iuvenis

miércoles, 22 de octubre de 2014

EL FANTASMA DE BAKER STREET


Datos técnicos:
Nombre: El fantasma de Baker Street
Autor: Curtis Garland
Páginas: 128
ISBN: 97884281914
Publicada originalmente en la revista digital VÍSPERAS




Sinopsis:
Shylo Harding, joven escritor norteamericano de novelas pulp, viaja a Londres de vacaciones para visitar la famosa mansión-museo de Sherlock Holmes situada en el 221B de Baker Street. Tras recordar algunos de los famosos casos del conocido detective, Shylo Harding hace, por sorpresa, una pregunta al guía: Estamos en la casa donde vivió y resolvió sus casos Sherlock Holmes, pero ¿cuál fue la causa de su muerte?
El guía, sorprendido por la insólita pregunta, y ante las irónicas sonrisas de alguno de los visitantes, responde, balbuciendo, que Sherlock Holmes fue un personaje de ficción; que no sabe nada sobre su muerte…
Al salir del museo, Shylo Harding, es parado por una joven que había escuchado la conversación, y le habla de un caso ocurrido en 1897, que quedó sin resolver, y por el cual ahorcaron, en su día, a un hombre inocente. Lo llamaron, entonces, Los Crímenes del Degollador.
Al día siguiente, después de recorrer otros lugares turísticos de Londres, al volver al hotel, el conserje entrega a Shylo Harding un antiguo manuscrito, que alguien dejó para él, con datos de la época sobre Los Crímenes del Degollador…

Opinión personal:
Esta novela que voy a comentar hoy es algo que mucha gente siempre ha considerado muy de segunda fila, algo que ni siquiera se llamaba en su época «literatura» y que hoy, visto lo que se publica, no solo está a la altura de ediciones actuales, sino que, a veces, las supera ampliamente: las novelas de «a duro», los bolsilibros. Es decir, las novelitas cortas de vaqueros, terror, policíacas y de ciencia ficción que poblaron los kioscos allá por los años cincuenta, sesenta, setenta y ochenta, con la enorme ventaja para el bolsillo de que las podías cambiar por un precio módico, que casi, casi, equivaldría hoy a uno o dos euros. Para quien no ha conocido semejante hábito lo voy a explicar, pues como se puede notar, fui adicta a ello y lo disfruté en mi infancia: tu comprabas una novela, pongamos que por 10 euros. Cuando la terminabas, ibas al kiosco y, por un euro, la cambiabas por otra de la misma editorial y colección. Y había miles que no habías leído. Y si un día te apetecía una de vaqueros y al otro una de Ci-fi, o terror, no había problema. Así se leía mucho, es cierto, y muy variado y muy barato. Y no había problema, había miles de ellas, no podías leer tan deprisa como para alcanzar la portentosa imaginación de estos autores españoles que, con seudónimos anglosajones, nos ofrecían sus historias semana a semana de la mano de Editorial Bruguera.
Hoy día, gracias a los  nostálgicos y a  gente que ve en viejas sendas caminos nuevos, quizá por su juventud, estamos viendo resurgir el género breve en muchas de sus versiones. El cuento en todos sus tamaños y la novela corta vuelven con fuerza, conviviendo con tochos inmensos de más de mil páginas. No hay más que ver la cantidad de certámenes de relato y la cantidad de antologías y novelas cortas que podemos encontrar. Otra de las posibilidades que veo en la causa del resurgir de este género es quizá, la inmediatez, la rapidez y, por qué no, el sincretismo, la brevedad. En este mundo de prisas, hay poca paciencia para las largas lecturas.
En primer lugar, quiero darle un buen tirón de orejas a los editores. Vale que son jóvenes y que empiezan ahora, pero lo mínimo que se puede pedir a una editorial son conocimientos ortotipográficos, que aquí brillan por su ausencia. El desaguisado con las rayas de diálogo, los acentos diacríticos y las mayúsculas erróneas es tal que nos va sacudiendo en cada frase durante la lectura. Solo nos cabe añadir la famosa frase: «Manolete…»
Y una vez dicho esto, paso a hablar de la novela. Como ya nos podemos imaginar por la sinopsis, la englobaríamos, por eso de que nos gusta etiquetarlo todo, aunque ninguna falta que hace, dentro del género detectivesco. Respecto al argumento, este es muy simple, y aunque sin gazapos notorios si hay ciertos momentos en los que te saca de la novela por la actuación del escritor metido a detective y la falta de actuación de la policía, que no solo no actúa como debería sino que, simplemente, desaparece, y el protagonista toma las riendas de la investigación de una manera un tanto curiosa.
También es curiosa la forma en que se trata a los personajes. Está claro que estas novelas tienen su ritmo impuesto, pues es difícil que pasen tantas cosas y poder contarlas en tan solo cien páginas. Esa creo que es una de las muestras de la gran agilidad de esta novela, pues los personajes, aunque puedan parecer en algunos momentos arquetipos, y de hecho, lo son, al mismo tiempo tienen tal energía que cobran fuerza y dimensión por sí mismos, y aunque el final nos sorprenda y nos quedemos con un «¡Anda ya!» En ningún momento deja de interesarnos lo que está pasando, aunque veamos que es todo más falso que un duro de cuatro pesetas, como se decía en la época en la que fue escrita. Tampoco la técnica literaria es para echar cohetes, pues la prosa es justa y necesaria, pero no mala, el estilo, directo y conciso, pero muy ágil y el vocabulario, el adecuado, justito, pero sin errores, hacen que la novela enganche y se lea con rapidez y con agrado, perfecta para lo que fue creada: distraer, hacer pasar un buen rato alejados de la vida diaria, sin otra pretensión que esa.
El autor utiliza un narrador omnisciente, con el foco centrado en el personaje principal que hace que el lector no sepa nada que él no vea u oiga, cosa muy adecuada para mantener el suspense hasta el final. La novela se estructura de una forma lineal, breve, con ritmo rápido y una tensión continua que termina, como es lógico y habitual, en el hallazgo del asesino y un breve epílogo explicativo. Respecto a descripciones y ambientación, la verdad es que es una novela parca en ellas. Apenas cuatro pinceladas físicas para los personajes y las justas para crear un ambiente muy desdibujado, pues al ambientarlas en la época en la que escribía el autor, pasaba por encima de introducir al lector en un ambiente en el que ya estaba metido, pues vivía en él. La necesidad de no pasar de unas determinadas palabras y tener que meter la acción adecuada hacía que las descripciones superfluas desaparecieran. Al fin y al cabo, es a lo que iban los lectores. Los diálogos son una de las cosas que quedan más flojas, siendo estos un poco forzados en algunas ocasiones, pero no tanto que no resulten creíbles los personajes.
En suma, esta novela de a duro, pulp, bolsilibro o como queramos llamarla, es algo recomendable para leer con ese punto de nostalgia y para, simplemente, pasar un rato con un ojo en la trama y otro en los niños mientras juegan en el parque o en la piscina. Distracción y una sonrisa es lo que vamos a encontrar en ella, pero no creo que el autor pretendiera otra cosa, aparte de pagar las facturas. Adecuada para todas las edades, puede servir muy bien para introducir a la gente más joven en la lectura, pues siempre he pensado que lo importante es que lean mucho y lo disfruten, aunque sea malo, que ya irán puliendo su criterio con los años. Desde luego no es para paladares exquisitos amantes de la alta literatura ni de tochos enormes, pero puede tener su momento. Eso sí, esperemos que la editorial corrija sus deficiencias cuanto antes.

El autor
Juan Gallardo Muñoz (Barcelona, 28 de octubre de 1929 – Barcelona, 5 de febrero de 2013) fue un escritor español. Uno de sus pseudónimos más conocidos es Curtis Garland. Forma parte de los escritores de la Literatura popular española, junto con otros autores como Corín Tellado, Marcial Lafuente Estefanía, Frank Caudett, Lem Ryan o Silver Kane. Estrechamente vinculado a la Editorial Bruguera, que publicó hasta los años 80 los llamados bolsilibros (también denominados libros de a duro, en referencia aproximada a su bajo precio), dedicados a géneros como la novela negra, de terror, de ciencia ficción, o del Oeste; así como a las editoriales Toray y Rollán.

viernes, 3 de octubre de 2014

EL ROMPECABEZAS DEL CABO HOLMES

Datos técnicos
Autor: Carlos Laredo
Editor: Sinerrata ediciones
Género: Policiaca.
Idioma original: Español
ISBN: 9788493976859 ePub 9788493976866 mobipocket




Sinopsis
     Una joven modelo aparece ahogada en la costa gallega, junto con algunos restos del yate en el que viajaba con el presidente de uno de los más importantes grupos empresariales del mundo de la moda, la publicidad y los negocios inmobiliarios, que se da por desaparecido. El cabo de la Guardia Civil José Souto, apodado «Holmes» por su minuciosidad y su afición a las novelas policíacas, es el encargado de investigar lo que se supone un desgraciado accidente. Cuando empiezan a surgir extrañas y oscuras coincidencias relacionadas con el supuesto naufragio, Holmes se encontrará buscando trabajosamente cada pieza y su lugar en un complicadísimo rompecabezas en el que se mezclan la moda, el lujo y la prostitución, mafiosos de medio pelo, matones barriobajeros y hasta un peculiar y refinado detective privado que contribuirá de forma eficaz y sorprendente a la resolución de un caso en el que nada ni nadie es lo que parece.

Opinión personal
Esta obra me ha parecido una novela de entretenimiento, lo que yo llamo una novela de vacaciones, para leerla mientras se toma el sol o se está con los niños en la piscina o la playa, Una novela sencilla que se lee con relativa atención.
Respecto al argumento, como hemos podido ver en la sinopsis, comienza de una forma original, o al menos así es el planteamiento. La idea es buena, pero no así su realización. Errores de bulto hacen que el desarrollo de la acción resulte poco creíble y consigue sacar por completo al lector de la narración. Por poner un ejemplo, no es normal que si el cabo se plantea que se trata de un posible crimen, en lugar de confiarse a sus compañeros o informar a sus superiores, decide hacer depositarias de sus cuitas a dos de las principales implicadas, la hija y la secretaria del empresario desaparecido, quienes, en connivencia con el cabo contratan a un detective privado para investigar cosas más propias de la policía mientras que el cabo se queda haciendo de detective privado y de enlace, transmitiendo a las posibles asesinas la información de la policía. Estos cuatro son los principales personajes, pero aun siéndolo, quedan planos, desdibujados, arquetípicos y sin voz propia. Con clichés más propios a veces de la novela romántica que de la policíaca, nos presenta unas situaciones manidas y demasiado utilizadas para que llegue a interesarnos. La utilización de un narrador omnisciente hace que aún se diluyan más los personajes, quedando como marionetas utilizadas para contar una historia.
El lenguaje es relativamente correcto, con un vocabulario escaso, plagado de repeticiones, frases hechas y lugares comunes. El registro correcto y educado, de repente gira hacia lo más vulgar en boca del narrador y sin venir a cuento, lo que descoloca un tanto al lector. Si ese cambio de registro viene de un personaje, puede tener una explicación, pero así choca demasiado («El tuteo le hizo el efecto de un beso en los morros, pero sobre todo apreció el detalle de no llamarle Holmes delante del portero…». Con un estilo pobre y una prosa plana y justita, la novela avanza a trompicones. La técnica no es tampoco limpia, pues a un mal uso de la puntuación hemos de añadir, como ya he mencionado, repeticiones abundantes, tipografías incorrectas o vocabulario mal empleado. Así mismo, la técnica narrativa se vuelve farragosa cuando el autor da excesivos detalles de la actividad de los personajes o se pierde en absurdas descripciones que no tienen relación ni importancia en la trama como para que interesen.  
La estructura de la novela es sólida, eso sí, se desarrolla de manera lineal y, si no fuese por los errores de narración, la trama podría haber sido de bastante interés, pues mantiene el ritmo aunque en ciertos momentos se pierde en descripciones exhaustivas y otras veces las repite innecesariamente, sobre todo cuando se refiere a personas. La ambientación es fácil y correcta, pues se desarrolla en el momento actual. Una pena, pues la idea, si no original, tenía los suficientes mimbres como para haber tejido un cesto de mejor calidad que el que tenemos. Le ha faltado técnica narrativa y un acabado más conseguido. Esperemos que solo sea un lapsus del autor y consiga entretenernos con las aventuras del cabo Holmes.

Autor
Carlos Laredo Verdejo (La Coruña, 1939) estudió Filosofía y se licenció en Derecho en la Universidad de Santiago de Compostela. Con una carrera profesional labrada en el mundo de la publicidad y la comunicación en Europa y Latinoamérica, desde su jubilación reparte su tiempo entre su familia (está casado y tiene tres hijos), la música, la pintura y, su verdadera pasión, la escritura.
El rompecabezas del cabo Holmes (Sinerrata editores, 2012) fue su primera incursión en la novela policíaca, iniciando una serie que continúa con La decepción del cabo Holmes (Sinerrata editores, 2014), pero su currículo literario es extenso. Ganó el X Premio Peliart de Poesía (1984) y el premio Delta (1997), con la novela La amante religiosa, publicada en castellano por Ediciones del Prado y en gallego por Edicións Embora. Fue finalista del Premio Adriano de Novela Histórica (2001) con El regalo de Centla. Memorias de la intérprete de Hernán Cortés, publicado por Ediciones Apóstrofe y por RBA Editores en su colección Conquistadores. En 2002 publicó La huída de La Loba (Editorial Toxosoutos), en castellano y en gallego (traducido por él mismo). Sus novelas juveniles Valdelobos (2009) y Lena e o lobishome (2010) han sido publicadas por Tambre (Edelvives). También se ha adentrado en el género de la biografía, con la del compositor Joaquín Rodrigo (2011), editada en su colección Biografías por la Institución Alfonso el Magnánimo (Diputación de Valencia) y en versión digital por Sinerrata editores (2013).


martes, 15 de julio de 2014

LA CUARTA SEÑAL



Datos técnicos


Autor: José Carlos Somoza
Editor: Minotauro (Colección M)
Nº de Páginas: 480 páginas
Género: Fantasía.
Idioma original: Español

Publicación: 4 de febrero de 2014




Sinopsis

«Esta es, ante todo, una historia de amor donde los personajes son reales a ratos, dependiendo del estado de la conexión a Internet. También es, incidentalmente, la crónica de los Cuatro Días Más Importantes de Todos.»

En pleno siglo XXI, el mundo virtual Órgano prácticamente ha sustituido al mundo real: la gente trabaja, se divierte y se relaciona en Órgano. Pero la aparición de una joven en el altar de una iglesia bajo una lluvia de rosas marcará el inicio de los Cuatro Días Más Importantes de Todos y, si nadie lo evita, el fin de ambos universos.

Opinión personal

La cuarta señal me ha parecido una novela de entretenimiento, lo que yo llamo una novela de vacaciones, para disfrutar de ella mientras se toma el sol o se está con los niños en la piscina o la playa. Una novela sencilla que se lee con agilidad y con bastante placer.

Yo la etiquetaría, por eso de que nos gusta etiquetarlo todo, aunque ninguna falta que hace, pero para que el lector tenga una pequeña idea de lo que va, entre las novelas de aventura de anticipación. Es una novela de aventuras y transcurre en un futuro cercano y con unas tecnologías que podrían darse en un futuro pero que todavía no se dan.

Respecto al argumento, es un argumento simple, el encuentro de gente diferente en un lugar y momento que les marca y hace que les determine su destino y les conduzca a actuar de unas determinadas maneras y a verse en unas situaciones en las que jamás se habrían visto envueltos si ese momento en concreto se hubiesen quedado en su casa viendo la tele. Argumento bastante habitual en ciertos géneros, Somoza sabe introducir los suficientes elementos propios y diferentes para que, aunque nos parezca el mismo camino, veamos un paisaje totalmente diferente.  

Uno de esos caminos conocidos y a la vez diferentes es el tratamiento que da a los personajes principales. Tópicos y típicos, sí, pero con ese punto propio que sabe darles que los convierte en gente normal y corriente, cercana cuando estás leyendo la novela. Ninguno te va a enamorar, ni a sorprender, pero te van a sumergir en la historia consiguiendo suspender tu incredulidad y haciéndote pasar un buen rato, gracias a su técnica literaria.

Somoza utiliza un narrador omnisciente que, con un lenguaje sencillo, pero de rico vocabulario, con un registro educado y adecuado a los personajes nos lleva de la mano con su acostumbrado estilo conciso y su prosa elegante y cuidada.

La novela se estructura en cuatro partes y un epílogo, una para cada uno de los días en los que transcurre el argumento. En ellos el autor sabe dosificar muy bien el ritmo y la tensión, aunque comete un error que, no sé por qué, últimamente estoy viendo demasiado a menudo en muchas novelas, y es que al final de un capítulo te escriba una frase lapidaria que te adelanta acontecimientos que pasarán después, como que de ese personaje va depender el resultado final, o que ese gesto que realiza ese otro personaje va a sellar el destino de todos… Me molesta mucho que no se deje al lector sorprenderse, como si fuera tonto para ver los detalles e ir adivinando las pistas y necesita una flechita fluorescente que las señale. Me parece que arruina la tensión de muchas de las escenas que logra con un buen pulso narrativo.

Respecto a descripciones y ambientación, no son necesarias y por lo tanto no abusa de ellas en absoluto, apenas alguna estancia en concreto se ve más detallada para situar al lector. El autor sabe ambientarte en seguida y la novel fluye con suavidad hasta el final.

Los diálogos son ágiles, bien enlazados y es capaz dar una voz propia al menos a los principales personajes, cosa que contribuye y mucho a que estos se hagan reales, alejados de los personajes planos que suelen verse tan a menudo en muchas otras novelas hoy día.

En suma, esta novela me parece una obra menor de este autor; de calidad, si, pues escribe muy bien, pero no del nivel de complejidad y de profundidad al que nos tiene acostumbrados. Me parece una novela muy adecuada para lectores jóvenes o que buscan pasar un buen rato entretenidos con una historia sencilla, interesante y ágil, sin buscar una novela de gran trascendencia.

Autor

José Carlos Somoza

La Habana, 1959
Nacido en La Habana, cuando aún no había cumplido el año de edad, sus padres se mudaron en 1960 a España por motivos políticos, donde reside desde entonces.
Estudió medicina y psiquiatría y no se dedicó a la literatura por completo hasta 1994.

Ha ganado diversos galardones por sus novelas: el Premio de Teatro Radiofónico Margarita Xirgu 1994 por Langostas, La Sonrisa Vertical 1996 por Silencio de Blanca, el Café Gijón 1998 por La ventana pintada, el Fernando Lara 2001 y el Hammett 2002 de novela negra por Clara y la penumbra, el Ciudad de Torrevieja 2007 por La llave del abismo. También fue finalista del Nadal 2000 con Dafne desvanecida.

Es socio de honor de Nocte, la Asociación Española de Escritores de Terror.

Somoza ha dicho que en novela negra «clásica» sus preferencias van desde el inmortal Sherlock hasta Dashiell Hammett, quien siempre le gustó más que Raymond Chandler. En la novela negra moderna se decanta por los escritores que mezclan géneros como John Connolly. Entre sus lecturas permanentes están la obra completa de William Shakespeare y El espía que surgió del frío de John Le Carré.

El director de cine Jaume Balagueró prepara una adaptación cinematográfica de La dama número trece, que cuenta la historia de un profesor de literatura en paro, apasionado por la poesía, y a quien constantemente atormentan unas extrañas pesadillas.

martes, 27 de mayo de 2014

EL CAMINO DE HIERRO, de Juan González Solano




Datos técnicos

           Título: El camino de hierro
           Autor: Juan González Solano
           Nº de Páginas: 384
           Género: Novela histórica
           Idioma original: Castellano
           Publicación: 09/04/2014


Sinopsis
 Igual que un paisaje de férreas vías alargándose kilómetros en el horizonte, se vislumbra el éxito de José de Salamanca, quien decide apostar por el ferrocarril, un proyecto que lo convertirá en uno de los empresarios más importantes de la historia de España.

José es un hombre arriesgado en los negocios y en los sentimientos, pero mucho más afortunado en lo primero que en lo segundo. Después de haber perdido a su gran amor, Mariana Pineda, Salamanca se mueve entre la familia y su intensa vida galante, al tiempo que pone en marcha su gran empresa: la construcción de las principales líneas de ferrocarril de España, en especial la de Madrid a Aranjuez, que harán posible la modernización industrial y que, poco después, él mismo tendrá que usar para huir tras la revolución de Vicálvaro contra Isabel II. Su astucia y su voluntad lo llevarán a triunfar en Europa y América, a ser nombrado marqués de Salamanca y conde de los Llanos y a disfrutar de una vida de esplendor. Sin embargo, años después, tanto la inestabilidad política como la crisis económica que asoló España harán que su suerte cambie drásticamente, a pesar de lo cual no renunciará a su último gran sueño, dando su vida y su fortuna por su causa: la construcción del barrio de Salamanca, en el corazón de Madrid.

El camino de hierro es la historia del marqués de Salamanca, pero también un relato sobre la profunda transformación de España y Europa a mediados del siglo XIX, así como una crónica sobre la construcción del Madrid moderno y un ejemplo de la feroz lucha de un hombre por sus ideales.

Opinión personal
Estamos ante una novela biográfica o, como se quiera llamar —que tanto monta, monta tanto—, una biografía novelada de la vida del inteligente y visionario Marqués de Salamanca. No soy muy amiga de crónicas noveladas ni de novelas que tienen más de crónica que de novela, pero he de decir que esta me ha gustado, y mucho.

Esta obra nos cuenta la azarosa vida de un hombre, hijo de un comerciante que a base de visión comercial, inteligencia y osadía, alcanza gran riqueza, el título de marqués y el de Grande de España. El argumento está bien hilado, bien desarrollado, sin gazapos, centrado exclusivamente en el marqués, en contarnos su vida, obra y milagros, pero también, a través de ellos, nos desgrana con habilidad la truculenta vida de la villa y corte de los años centrales de ese siglo tan complicado que fue el XIX, tanto a nivel político, social y económico. La trama se centra en el personaje, es cierto, pero a través de él tenemos una amplia visión de la mezquindad, la ineptitud, la envidia, el oportunismo y todas aquellas cualidades que podemos encontrar en las clases altas de la época. Quizá su visión sea muy ingenua con respecto al protagonista, pero esa ingenuidad es también la que le da cierta frescura y ligereza que se agradece mucho, cuando piensas que de aquellos polvos vienen muchos, quizá demasiados, de los lodos que padecemos hoy día.

Pero no es eso en lo que voy a incidir, las cuestiones históricas se las dejo a los historiadores, que verán mejor que yo si refleja con acierto o no los hechos históricos. Yo me suelo centrar en la valoración literaria de la obra, pues creo que, aparte de ser histórica, toda novela es una obra literaria y esto es lo que debe primar ante todo.  

Yo me defino, sobre todo, como lectora de personajes y cuando leo por placer, como es el caso, estos son los que suelen determinar mi opinión de la novela.

En este aspecto, el autor, como ya he comentado, se centra en la vida del marqués, al que trata con una cierta benevolencia, y neutralidad, lo que hace que quede un tanto desdibujado. Notamos que vemos lo que el autor quiere que veamos de su personaje. Pero a pesar de ello, tiene una habilidad especial para presentárnoslo como un hombre de su siglo y, actitudes que hoy en día no serían aceptables, sabe hacer que las veamos como algo natural e incluso bien visto, como lo era en la época que le tocó vivir al marqués. Es muy coherente y sabe hacer que las actitudes y las conversaciones sean creíbles, y a pesar de presentarnos los rasgos más superficiales, sabe hacérnoslo ver siempre como una persona de carne y hueso, alguien real que vivó esas situaciones.

El autor sabe tratar bien a los personajes, aunque ninguno nos enamore, ninguno nos seduzca o nos repela, todos parecen tener la misma pátina que la fotografía que con gran acierto aparece en la portada, pero a pesar de ello, a pesar de ese distanciamiento que le da el toque de crónica, Juan González sabe crearlos vivos y reales, únicos y con personalidad propia. Por suerte, y ese es uno de los grandes aciertos de la novela, ha sabido huir de los recortables, de las sombras chinescas utilizadas para contarnos un trozo de historia —por desgracia algo muy habitual en este género—, para hacer que sean personas de carne y hueso, aunque no las conozcamos en profundidad, las que aparecen en la novela. Sin embargo, el personaje de María Buschental, esposa de su amigo José de Buschental, es quizá el más vivo e impactante de la obra y sabe seducirnos igual que al marqués.   

Y ahí entra otro de los grandes factores que tiene la novela a su favor: cómo nos está contando esta historia. Vale que sea una crónica, una biografía novelada, que los personajes, salvo excepciones, son tratados de forma superficial aunque tengan volumen; pero el hecho de utilizar el narrador omnisciente, aunque focalizado en el marqués, le da un punto de vista mucho más ágil que si hubiera tratado de contarnos las memorias de su personaje. El autor utiliza una prosa elegante, culta y sobre todo muy amena, con un estilo ágil y directo que facilita la lectura y engancha con facilidad. Es una novela agradable de leer, muy bien escrita, y nos sumerge con rapidez en el ambiente, dejando que nos deslicemos por sus páginas con la cadencia de un vals, música que sin duda sonaba en cualquiera de los muchos bailes y fiestas de la alta sociedad madrileña que se nos describen, sin mucho detalle, cierto, pues no es novela dada a descripciones extensas, ni de gentes ni de lugares, solo lo imprescindible para situar al lector. A pesar de ello, el ambiente se respira, nos envuelve y acoge como el perfume de la primavera.

Sin embargo, la estructura no es uno de sus puntos fuertes pues a veces acelera demasiado y omite situaciones y partes de la vida del marqués, sobre las que pasa de corrido y un tanto de puntillas, para recrearse con excesivo detenimiento en otras, creando unas pérdidas de tensión que hacen que el ritmo se vuelva irregular y se entorpezca en algunos momentos. Una planificación más detallada o quizá no recortar escenas para disminuir la longitud de la obra habrían unificado más la narración.

A pesar de ello, estamos ante una estupenda novela, interesante y amena, con unos diálogos muy buenos, ricos y creíbles, con grandes dosis de ironía, en absoluto forzados, que he disfrutado mucho, y que, en parte, me ha reconciliado con este género. El autor ha sido capaz de demostrar que se puede escribir una biografía o una crónica novelada de una forma amena, interesante y con indudable calidad literaria.

Solo un fallo he detectado en toda la novela en cuanto a estilo y prosa del autor, y que se le ha escapado al corrector: el uso de la expresión «…iba dos veces "en" semana…» en lugar de las formas correctas «…iba dos veces por semana…» o «…iba dos veces a la semana…». Por lo demás, una obra verdaderamente impecable, con una edición de las que, por desgracia, no es fácil encontrar hoy día.

Seguiremos los pasos de este escritor y esperemos que siga dándonos nuevas obras con las que disfrutar.


El autor
Juan González Solano (Puente Genil, Córdoba, 1949), es economista por la Universidad de Málaga y reside en Madrid. Su vida profesional ha estado siempre vinculada al mundo de las finanzas y de la Bolsa. Ha trabajado en varias entidades financieras y empresas multinacionales, estuvo becado en la embajada española en Caracas y también ha sido empresario. El camino de hierro es su primera novela.

lunes, 12 de mayo de 2014

UN APUNTE SOBRE BELTANE Y LA NOCHE DE VALPURGIS.






Recientemente ha sido el 1 de mayo, fecha celebrada en muchas partes con fiestas dedicadas a la primavera, la fertilidad y al renacimiento. Yo quiero traer mis conocimientos sobre los dos antiguos ritos que se celebraban en esas fechas, Beltane y Valpurgis.

BELTANE: 
Fiesta celta de la primavera que festejaba la llegada del calor, el fin del invierno. Era un ritual de fertilidad en el que se fecundaba la tierra y a las mujeres para que dieran sus frutos. Se encendían hogueras en honor de Belenos y se hacía pasar entre ellas a los animales para que el dios los hiciera fértiles y los defendiera de la plaga. También, en Irlanda y Gales y algunas zonas de Inglaterra y Escocia, el rey o señor guerrero de la zona y la sacerdotisa de la diosa Danna yacían en el campo al aire libre, para que la tierra fuera fecunda y las cosechas prósperas. De hecho, era una noche en la que todo el mundo mantenía relaciones sexuales para propiciar la prosperidad. En muchas zonas, la sacerdotisa de la diosa Danna era sustituida por la representación de la tierra virgen lista para ser fecundada y era una doncella elegida entre las jóvenes y coronada de flores la que pasaba a ser la doncella de la primavera y la que yacía con el jefe de la zona. 

VALPURGIS: en las mismas fechas más o menos (pensad que en esas latitudes la primavera climatológica bien poco tiene que ver con la del calendario) los pueblos germanos y escandinavos, que tenían un fondo mitológico común, celebraban su propia fiesta de la fertilidad en honor de Freyja o Valfreyja, diosa de la fertilidad, la lujuria, la magia, señora de las valquirias, diosa de la guerra, la que se llevaba la mitad de los guerreros muertos en combate. Sus ritos también consistían en celebraciones sexuales y en hogueras, pues ella era llamada la brillante y cuenta la mitología que tres veces intentaron quemarla los ases y no lo consiguieron.

Con la llegada del cristianismo se demonizó la diosa y pasó a ser la reina de las brujas, la que reúne a sus acólitas en torno a ella. Las damas de Freyja pasan de valquirias a brujas y de montar en caballos a montar en escobas, de llevarse a los guerreros muertos al Valhalla a llevarse a los niños al infierno. Así mismo, los gatos de Freyja pasan de tirar de su carro a ser compañeros de brujas. Y la noche de Valpurgis pasa de ser fiesta de fertilidad, de fuego y de renacer a ser aquelarre de brujas por obra y gracia de la iglesia católica.

Debemos tener en cuenta que la religión germano-escandinava era una amenaza real para la católica, mientras que la celta hacía tiempo que había desaparecido bajo la bota romana salvo en ciertos reductos de lo que hoy es el Reino Unido, donde se mantenía más como cultura y mitos que como religión en sí.


Los ritos de primavera son muy parecidos en todas las religiones y mitologías antiguas, ya que hablamos de pueblos eminentemente agrícolas que lo que pretendían, con el renacer de la vida tras el invierno, era tener buenas cosechas, buenos ganados y muchos hijos que trabajaran los campos con sus padres para tener buenas cosechas y no pasar hambre. Por eso son tan similares las festividades de Beltane y Valpurgis, pero son dos festividades diferentes en honor de dioses diferentes, y propias de religiones diferentes, aunque se realicen con el mismo motivo. No es la misma celebración, aunque lo parezca.